Galardonada como el mejor monchis de todos los tiempos

Por: Ale Hinojos/@IsaacDelaR

Fotos: Sib Cornelius

Tengo poco tiempo viviendo en Querétaro. Durante mis primeros días aquí, tuve que adaptarme al transporte público; un sistema bien planeado pero mal ejecutado, a las tarifas abusivas de los taxis y al trato a veces hosco de cierto sector de la población que no ve con buenos ojos la “invasión chilanga”.

Tampoco podía dejar de extrañar los puestos de comida callejera. Nunca como antes, eché de menos tener un local de tortas en la esquina de confianza, o de un improvisado local de quesadillas sobre la acera de la estación de metro de conveniencia. Tenía pocas esperanzas de encontrar un lugar al cual acudir en busca de un bocadillo ad hoc para las noches que se extendían más allá de lo habitual. Entonces aparecieron…

Se escuchaba el susurro entre gordos y flacos. Hace unos años creí que era una tonta leyenda. Después, tomando en cuenta de quien venía el comentario, creí que era una exageración.

Hasta que llegó el día… llegó el día en que no teníamos nada en el refri, las tiendas ya estaban cerradas. Ese momento en que piensas que tu única opción es hacerte un taco de papel y goma y tragártelo con agua para saciar esa hambre que te come las entrañas. Nos volteamos a ver con miradas tristes y desesperadas, ojos rojos iracundos. Y ahí, el amor habló – vamos por unas #%$¥-, – ¿unas que?-, -unas #%$¥-, -pero ya pasan de las 2:00 a.m., no lo lograremos-. Se hincó frente a nosotros, nos tomó de las rodillas y dijo -tenemos que intentarlo-. El simple hecho de imaginar aquella delicia nos regresó la esperanza, nuestros cigomáticos jalaban involuntariamente nuestras bocas para formar una sonrisa, tomamos las llaves del auto y partimos.

Llegamos a una calle oscura, y a lo lejos vimos la luz. Nos fuimos acercando poco a poco. El olor se hacía más intenso, penetrando todo nuestro sistema límbico. Hasta que ya nos encontrábamos ahí, frente al carrito que emitía esa luz y ese olor.

Al ver esos trozotes de carne se me entumecieron las piernas y las palmas de mis manos. El señor la picaba y la picaba, la sangre escurría e inmediatamente se convertía en burbujas por lo caliente de la plancha. Cuando se decidió que ese pedazo de carne estaba listo, la colocaron en su cama suave y caliente que aguardaba su llegada. -Con todo señor, con todo-. De un lugar escondido, el torturador de carnes sacó aquello de lo que todos hablaban, desenfundó su cuchillo y lo partió a la mitad.

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Entre en shock al ver toda esa excesiva cantidad de aguacate, el saber que todas esas exageradas historias eran reales. Me encontraba con ella, la tenía en mis manos, recién salida, lista para atascarme con ella.

Mi boca es grande y no me cabía, aún así, con un gran esfuerzo entró. No dejaba de morder y masticar…morder y masticar, era lo único que quería hacer, el sabor me lo permitía, LA AGUACATOSA me lo pedía.

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Sugerencia: Pidan un hot dog mientras esperan su hamburguesa, también repleto de aguacate.

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